Fashion

Entrevista a Miguel Adrover, la ropa más rebelde

“Me siento alabado cuando copian lo que hago. Todo está al alcance de todos”
“La industria de la moda quiere beneficios, ya no se busca la creatividad”
“El burka me parece una pieza increible: Ahora mismo me lo pondría”
“Me fui de Nueva York cuando el FBI me havia pinchado el teléfono”
“Estoy con los indignados. Yo soy un indignado” 
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El maestro antisistema

«Es la primera vez que hago una charla aquí y me siento muy feliz, muy agradecido», decía Adrover al terminar la clase magistral que ofreció a alumnos de diseño en julio de 2012, invitado por la Pasarela 080 de Barcelona. Cuenta que no está acostumbrado a explicarse en público, pero nadie lo diría. Con pocas palabras  transmitía a la perfección su filosofía antisistema (captada también en esta entrevista) mientras afuera desfilaban las propuestas de marcas comerciales muy bien posicionadas en el mercado. Paradojas del tiempo en que vivimos. Adrover luce su habitual larga barba, que le ha dado problemas en los aeropuertos, y una gorra de béisbol con la etiqueta colgando: «Así es como las llevan los chavales del Bronx. Quieren que se note que es robada. »

-Cuando se habla de Adrover es inevitable relacionar su nombre con los atentados a las Torres Gemelas. Desfiló en Nueva York dos días antes.¿Como lo recuerda?
-Con mucha tristeza. El once de septiembre fue horrible. Estaba con mi padre, vivíamos en el Downtown, y salimos corriendo, descolocados. Aquel día dimos dos pasos atrás en todo: en tolerancia, multiculturalidad … La gente murió, se generó desconfianza… El día 9 había presentado mi quinta colección en el patio de una escuela pública de la zona del Lower East Side. Se llamaba Utopía y quería simbolizar la convivencia entre las culturas, y se las mezclaba.
Había piezas inspiradas en la realidad de los países islámicos y algunos críticos la consideraron un homenaje a los talibanes. Al día siguiente, el 11-S aún se complicaría más su situación. Su grupo inversor, Pegasus, se declara en bancarrota y en octubre cierra su empresa.
-No era una colección islamista! Sólo una parte estaba inspirada en el mundo islámico, y yo sólo pretendía abrir la mente a otra cultura, pero en aquellos momentos todo era convulso y confuso. El principal problema que tuvimos todos fue el caos que se vivió. Se cancelaban muchos pedidos, era complicado seguir el ritmo normal. Y eso que coloqué pedidos millonarias en Japón, pero no me centraba. Aquella era una situación tan increíble que era absurdo ponerse a vender o a crear nada. Al menos yo así lo sentía. Sólo quería reflexionar.

Y se fue a hacerlo a Egipto, conduciendo un taxi en Luxor de carro y caballo.
-Sí, tenía que salir de Estados Unidos. Lo necesitaba. Se sabía que tenía una casa en Egipto y de repente me convertí en un sospechoso. La CIA y el FBI me pincharon los teléfonos, veía como desaparecía gente … ”

-Después vuelve a Nueva York y presenta tres colecciones más hasta que en 2004 desaparece del mundo de la moda.
Hice la ropa en la que creo, la que habla de las circunstancias en que vive el mundo, de las culturas que la habitan… La última era un homenaje a los indios norteamericanos. Pero llegó Bush al poder y otra vez decidí dejar el país. Volví a Calonge, a mi casa, en Mallorca. Allí me podría reinventar.

 

-Abre un bar en Palma y dice que no se le caen los anillos si ha de fregar el suelo después de haber conseguido tocar el cielo como modista. Hasta que Hess Natur le llama.
– Me interesó la propuesta de hacer una colección en esta firma alemana porque compartimos la misma filosofía de respeto hacia el planeta. Hace 36 años que hacen ropa ecológica de verdad. Hoy se frivoliza mucho con esta etiqueta. Hay quien la usa como marketing, simplemente coloca una camiseta de algodón orgánico en una colección que está producida perjudicando el medio ambiente. Debería haber una ley que obligara a cultivar sin pesticidas y a dejar de talar el Amazonas para plantar algodoneras. Hess Natur fue la primera en el mundo en hacer un proyecto con algodón orgánico.

 

-Con ellos hizo la colección cápsula, que supuso su regreso a Nueva York en 2008, pero ha sido este febrero cuando ha desfilado de nuevo con una propuesta propia.
-Estoy contento porque yo me expreso a través de la ropa y he podido volver a hacerlo. He querido dar voz a los que no la tienen. Me he imaginado un avión que sobrevuela el Amazonas y el equipaje cae sobre la selva. Unas tribus lo descubren e interpretan la moda libremente, sin convencionalismos. Es una reflexión sobre la manera de ponerse la ropa. La he creado a mano con piezas que he encontrado en mi armario, desde sábanas a americanas. La esencia de la colección es decir que con poco puedes hacer mucho.

-Camisetas y sudaderas que funcionan como faldas, las banderas de Cuba y de EE.UU. envolviendo a una modelo con un flotador en el cuello, cuatro cinturones superpuestos, follaje… ¿Qué respuesta ha recibido?
Muy buena. Ahora estoy en plena promoción. La enseño por todas partes, como ahora en Barcelona. Saldrá en las revistas de moda más potentes, las de septiembre, y eso está muy bien. Si he de elegir, prefiero aparecer en artículos en buenos diarios, pero no se puede dejar pasar ninguna oportunidad de extender tu mensaje. Y yo no quiero crear un imperio, tan sólo expresarme. La industria sólo busca beneficios, le interesa el negocio. Ya no se busca la creatividad. Me horroriza que los jóvenes que salen de las escuelas quieran trabajar para una multinacional, tener una Visa oro, un yate y relacionarse con el mundo del lujo. No hay que adorar a las marcas sólo para que nos den un estatus.

-Va en contra de lo establecido pero en el fondo sabe que todos estamos inmersos en el sistema. ¿Cómo lleva esta aparente contradicción?
-Trabajando y mostrándome tal como soy. Para sentirte seguro tienes que ser tú mismo. A los estudiantes les digo que si quieren vivir en este planeta lo tienen que respetar. No me parece justo que en Somalia no tengan agua y que nosotros la derrochemos. Deben crear, olvidarse de lo que ven en los escaparates de las tiendas. La moda si no se renueva morirá. Si es comercial pierde la esencia.
-No siempre ha sido así…
– Ha habido diseñadores como Yves Saint Laurent y Coco Chanel que dieron libertad a la mujer, pero eran otros tiempos. Ahora tenemos problemas diferentes, debemos crear nuestro estilo adecuado a la realidad que nos toca vivir. Hace 20 años la calle creaba moda: los punks, los nuevos románticos… La gente se vestía de acuerdo con sus creencias. Ahora todo lo dominan las corporaciones. Debemos adquirir ropa nueva cada seis meses y esto agota los recursos de la Tierra. Es una rueda y un ritmo frenético que no se puede aguantar. Nos venden el supuesto glamour que tenemos que comprar.

 

¿Y qué es el glamour?
– No lo sé. Es una palabra inventada por la industria. Un show. Ahora con la moda se manipula a la gente para hacer que se sienta bien, pero si se aprovecha bien, la moda también puede servir para cambiar las cosas. No hay revolución si no se implica también la ropa. Cuando un tanga se ve obsceno, no vamos bien.
 -Está muy extendida la idea de que las grandes cadenas low cost son buenas porque democratizan la moda, la hacen asequible.
– Las cadenas han globalizado la moda y la han hecho repetitiva y rutinaria. Igual para todos. La gente puede comprar lo que quiera pero no hay nada detrás. Hay que tener claro que las prendas no son bonitas por sí mismas sino por lo que son, por la materia prima con la que han sido hechas, por el proceso de elaboración. Si compro una prenda a 5 euros que sé que en realidad debería costarme 200, puedo deducir que algo ha fallado en el proceso. En Zara he visto cosas parecidas a las que yo hago y he alucinado con el precio. Y me pregunto: ¿Quién lo ha cosido? ¿Cuánto se le ha pagado? ¿Se han utilizado pesticidas?
 -A Adrover, ¿que le inspira?
– Me inspiro cuando voy por la calle. Me inspiran las injusticias. Me inspira mi madre que trabaja en el campo… A través de la ropa me siento yo y puedo compartir muchas cosas. He ido a pocos museos y casi no veo televisión. No tengo un cliente estereotipado, todo el mundo puede serlo. Me han pasado cosas extraordinarias yendo en contra de lo establecido pero también hay que tener claro que es arriesgado. Crear un estilo propio siempre lo es. Yo hoy habría venido con burka si hubiera podido. Está prohibido, ¿verdad?
 -¿Un burka dice?
– Prefiero un burka a un polo de marca. Creo que es una pieza increible porque te permite ver sin que te vean. Hoy en día en que todo está expuesto, en el que cuenta tanto el físico y la imagen, esta prenda resulta muy interesante. Ahora bien, hablo del burka en sí mismo, desligándolo totalmente de las connotaciones religiosas y sociales que tiene.
 –Ha estado muy vinculado a Egipto. ¿Cómo ve la situación política y la subida al poder de los hermanos musulmanes?
– Lo que pasó en Egipto fue una explosión de libertad. La plaza Tahrir estaba llena de jóvenes tolerantes y laicos. Ahora la situación se debate entre dos partidos radicales y eso no es nunca bueno.
 ¿Qué opina del movimiento de los indignados? ¿Lo ha seguido?
– Sí, y estoy con los indignados. Yo soy uno más, porque el sistema es insostenible. ¡Me ha indignado que esta revolución quede en tan poca cosa! Pero pienso que con una chispa se puede llegar a mucho y tengo la esperanza de que así sea. El pueblo tiene la fuerza.
 -Una de las cosas que más sorprenden de usted es que no cree en el copyright. Las marcas odian el pirateo.
– Al contrario. ¡Me siento alabado cuando me copian! Yo customizo piezas por necesidad. Fui pionero en hacerlo y ahora el término ya es habitual. Cogí el diseño de I love NY de Chinatown y lo hice mío, giré una gabardina Burberry para crear una prenda completamente diferente, de una funda de un colchón hice un traje de chaqueta… Desde que nací cuando veo algo que me interesa, pasa a ser mío y así es como entiendo el proceso creativo. Por tanto, ¿cómo me puede importar que me copien? Me encanta alimentar a los demás. Todo está al alcance de todos. Cualquiera puede hacer suya una pieza de Lacoste tirada a la basura aunque no sea el tipo de persona que a la marca le gustaría ver vistiendo su ropa.
 -¿Conseguir un nombre internacional dentro de la moda es difícil hoy en día?
– Sí, no es fácil que te conozcan. No todo el mundo puede llegar a entrar en un museo. Cuando lo haces es sólo porque tu obra ha incidido de alguna manera en la sociedad. También hay quien logra repercusión en las pasarelas pagando la prensa. La creatividad no cuenta, ni se la plantean, todo es plano. John Galliano ya no está…
¿Se imaginaba en Dior ocupando su lugar? Su nombre sonaba como uno de los candidatos.
Sonaban muchos nombres. A mí ya me han propuesto diseñar para firmas de alto nivel internacional como Lanvin, Donna Karan y Moschino. Lo he rechazado porque quiero hacer mis proyectos. Ahora bien, si la oferta se adecuara a mí totalmente, si fuera una propuesta que me permitiera hacer una colección como yo quiero, respetuosa con el planeta, no veo por qué no. También he de vivir.

 

-Finalmente en Dior eligieron a Raf Simons. ¿Qué le pareció su primera colección?
– Vi que revisitaba de nuevo la silueta de Dior de los años 50 en un desfile lleno de celebrities sentadas en primera fila. Me llamó la atención que la prensa lo pusiera por las nubes pero, en cambio, cuando entrabas en la red veías que en la blogosfera se decía de todo. ¡Había libertad de expresión! Me encanta Internet. Allí se le puede quitar la máscara a las multinacionales.
¿Ha pensado en canalizar su espíritu artístico de alguna otra manera, fuera de la moda?
– No me cierro a expresarme de alguna otra manera… De hecho, en la escuela lo único que me iba bien era el dibujo.
-¿Sería un Miquel Barceló?
 – Je, je, je.
-¿Por qué se ríe?
– Es que estoy pensando en una anécdota curiosa.
Cuente, cuente …
 – Cuando Barceló era jovencito, mi madre le alquiló la casa de Calonge, que es muy antigua. Cuando se marchó todas las paredes estaban pintadas y grafiteadas. Mi madre se enfadó mucho. “Vaya con los hippies!”, dijo, y con un rastrillo lo rascó todo. ¿Te imaginas? Si ahora estuviera, tendríamos un edificio lleno de Barcelos auténticos. Je, je. ¡Una fortuna!

 

 

Campesino, limpiacristales … y con obra en Victoria & Albert

En 2010 el cocinero Nando Jubany reía pensando en qué diría su maestro de escuela cuando le explicara que aquel chaval travieso iba a dar una clase en Harvard con Ferran Adrià. Quizás le pasó lo mismo a Adrover cuando dió su primera clase magistral en una universidad de EEUU. O quizás no. Porque su vida ha estado siempre tan llena de paradojas, como de aventuras y cambios radicales. Una montaña rusa.
Nacido hace 45 años en el pequeño Calonge mallorquín, dejó la escuela a los 11 años para ayudar a su familia a recoger la almendra. Adora a sus padres (este verano no se ha perdido sus bodas de oro) y la tierra, las raíces. Pero no quería convertirse en un campesino. A los 13 ya se escapaba a Londres para disfrutar de la noche musical más punk. Cuando se instaló en Nueva York sobrevivía trabajando de limpiacristales y fregando suelos mientras ayudaba a Alexander McQueen a vender sus camisetas y se abría paso como diseñador rebelde en una ciudad que acepta bien las sacudidas creativas.
Su visión del vestido impactó a poderosas expertas como Anna Wintour y Suzy Menkes, y la fama creció. Era el rey. Adrover se arriesgó al criticar el afán de las marcas por mostrar sus logos en una colección y ganó el Perry Ellis al diseño emergente. También tiene el Oscar de la moda y museos como el Victoria & Albert de Londres y el Metropolitan de Nueva York han expuesto piezas suyas. Pero las sombras también le han acompañado.
El mallorquín siempre considera la situación política y social la fuente de sus problemas, pero en el sector hay quien añade otras razones como su dificultad para entregar a tiempo las colecciones. Él es así. No se entendió con Mango ni con Tommy Hilfiger, pero supo cómo sobrevivir 20 días en el Amazonas con un cuchillo.
Adrover tiene seguidores incondicionales que lo adoran y también viejos conocidos que lo califican de megalómano y desagradecido, pero es innegable que es un visionario. Probablemente un genio. Lo que ya preconizaba hace años, el respeto al medio ambiente y la multiculturalidad, hoy resulta ya imprescindible. Como dice bien, en el futuro quizás a los niños les será más útil aprender a plantar patatas que a manejar el móvil.

 

 

Desfile Out My Mind. Febrero 2012 NYC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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